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miércoles, 12 de junio de 2013

MUSA



No sé en qué momento empecé a depender de ti para escribir. Supongo que nunca había pensado en nada antes y desde hace tiempo comencé a hacerlo en ti, o contigo… o para ti. Te debo medio blog y las mejores entradas que he escrito en él.
Y llevo un mes reñido con las palabras, desencantado ante una pantalla en blanco que miro fijamente durante el suficiente tiempo como para parpadear y ver manchas de colores. Dicen que siempre hay algo recurrente en las palabras de un escritor. Una idea, un trauma, un sentimiento, una marca… Eres una marca y siempre estarás ahí. Escriba lo que escriba. Tarde el tiempo que tarde en volver a hacerlo. Que siempre habrá unas palabras dedicadas a ti, o pensadas por ti, escritas contigo o sacadas de tu recuerdo. Eres ese pedacito de cielo que se ve desde los abismos del Infierno por el que dan ganas de abrir las alas.
Feliz cumpleaños.
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Decían que en las negras noches de tormenta, el Diablo cabalgaba a lomos de nubes negras. Que cada trueno era su látigo azotando el cielo, que cada rayo era una herida en el horizonte, que cada gota de lluvia era una lágrima de un pecado sin perdonar.
Castigado por aquella tempestad, llegué más tarde de lo previsto a ese pueblo de nombre impronunciable. Mi carruaje quedaba atrás, abandonado a algunas horas de viaje a pie, con las ruedas hundidas en el barrizal de un camino que había hecho morir de fatiga a un caballo y desfallecer al otro.
En la calle había un silencio frío, como si en cada esquina pudiera estar la Muerte acechando con su guadaña. Lo cierto es que puede que la única figura fantasmagórica que había allí fuera yo.
Entré en la taberna en la que me iba a alojar. Interrumpiendo su rezo silencioso, levantaron su cabeza para fijarla en mí.
-¿Usted es el huésped?—preguntó el tabernero—.
-Así es—respondí tímidamente al sentirme un sacrílego—.
Se hizo el silencio, de nuevo. Era incómodo. Comencé a respirar lo más suave que pude, pero estaba demasiado resfriado a causa de la lluvia como para hacerlo silenciosamente. Me miraron con el rabillo del ojo, con una maldición muda.
-No les haga caso, venga aquí. Siéntese conmigo—dijo la voz rota de un viejo desde un rincón oscuro de la taberna—.
Respiré con alivio, la verdad. Y anduve con sonoros pasos de calzado empapado por aquel suelo de viejas tablas de madera que crujían mientras caminaba hacia aquel rincón.
-Borracho blasfemo…—murmuró una enlutada mujer de rostro arrugado—.
-¡A rezar a la iglesia, vieja! ¡Lo romperé en pedazos! ¡Juro que lo haré!—gritó el viejo mientras perdía el equilibrio al levantarse para volver a caer sobre el escaño—.
Y la gente huyó, incluido el tabernero, nerviosa ante tales voces aquella noche en la que parecía que el Demonio había conquistado el cielo. Iban a la iglesia, corriendo, sin echar la mirada atrás, apresurándose para llegar lo antes posible a refugiarse de sus miedos en paredes sagradas.
Me senté enfrente de aquel viejo loco. Su mirada gris de fría agua en lago erizado por el viento invernal se clavó en mis ojos. Decía que una vez había visto una mujer al pie de su cama en una noche de tormenta. Había sentido miedo hasta que un rayo le iluminó su precioso rostro. Contó que habían yacido entre tormentas, lluvias, rayos y relámpagos. Que su pelo era la noche más bella que había acariciado en la vida, que sus besos era beber el más dulce licor en el Santo Grial, que su piel era tocar la luna, que su mirada era húmeda y brillante como una charca encantada por el croar nocturno de las ranas. Dijo que antes de irse le dejó un obsequio.
Tenían razón, era un viejo loco y borracho. Pero juro que consiguió erizarme la piel con cada palabra, juro que cuando me enseñó el recuerdo que le había dejado me quedé sin respiración.
Era una caja de madera, con forma de corazón. Lloraba el viejo diciendo que llevaba años intentándola abrir, pero que no había conseguido hacerlo. Temía morirse sin poder abrir la caja. Nadie había querido ayudarlo, decían que era el regalo de una bruja, que nunca desvelara lo que había dentro, que nunca intentara romperlo, que era una maldición que caería sobre todos ellos.
Cogí con cuidado el corazón de madera. Evidentemente, no supe abrirlo. El viejo lloró y en un ataque de locura me puso un cuchillo en el cuello y me gritó que me mataría si ese corazón permanecía cerrado otra noche más. El pulso de la mano le temblaba y la hoja me había hecho un pequeño corte.
-¡Está bien, está bien!—grité llevado por el pánico—.
Le di vueltas al corazón sobre mi mano, intenté abrirlo de todas las formas posibles. ¿Y si en realidad no se podía abrir?
-¡Te mataré, esparciré tus tripas por el suelo y tus ojos se los echaré a los cuervos!—me amenazaba blandiendo el cuchillo—.
Creyendo que no saldría vivo esa noche de aquella taberna, me defendí y le golpeé en la cabeza con el corazón. El loco cayó al suelo con una herida en la cabeza, dejé caer la caja y eché a correr hacia la puerta, una puerta que el maldito tabernero había cerrado con llave por fuera. El viejo se levantó tambaleándose y avanzó cuchillo en mano hacia mí.
Cerré los ojos, me rendí a la idea de morir, imaginé el dolor del filo en mi cuerpo, mi último aliento. Pedí perdón por mis pecados sin confesar y cogí aire conteniéndolo en mis pulmones esperando lo inevitable.
Abrí los ojos al oír una música. El corazón se había abierto, puede que fuera el golpe contra el suelo o puede que lo que sucediera es que un corazón necesita sangre. No lo sé, pero el viejo se paró en seco y volvió la mirada hacia aquella caja de música sobre la que se alzaba el tallo de una rosa sosteniendo una luna llena que daba vueltas.
Nos pusimos de rodillas ante aquel misterio y nos dejamos hipnotizar por aquella melodía y el danzar de la rosa y la luna llena. Cesó la música de pronto y la luna llena se abrió.
Le prometí al viejo que nunca diría qué había dentro de aquella esfera, pero puedo contar que le llenó de felicidad. Fuera, la tormenta había parado y la silueta de una mujer esperaba tras la ventana. El viejo abrió la ventana, saltó por ella y desapareció con ella. Nunca más se le volvió a ver en aquel pueblo. Creí verlo una vez en Nueva Zelanda o… en Viena… no lo recuerdo.
El corazón lo tengo yo, y en las noches de tormenta oigo esa música que ahuyenta los demonios que hay en mi cabeza.