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miércoles, 11 de diciembre de 2013

VÉRTIGO (DE CÓMO SER UN VOLUBLE O UN FRACASADO)

Supongo que la penúltima entrada debería ser un homenaje a un villano al que he ido admirando cada vez más según lo he ido leyendo. Se trata de una parodia de uno de las primeras entradas que leí de Malvado Dylan, Vértigo (de cómo ser un voluble o un fracasado). No creo que sea una buena parodia, no creo que él merezca un texto tan mediocre..., pero las manos me tiemblan, hace frío y estoy cansado. Se supone debía de haber esperado para publicar los dos a la vez, pero no he sido capaz. Un abrazo, Malvado Dylan.

Me siento triste, pero inspirado, mordaz, pletórico de ingenio, ebrio de ácidas palabras y henchido de causticidad. Estoy tan borracho que he decidido volver a la cama después de vomitar mientras tropiezo con los peluches de Hello Kitty que hay por toda mi habitación. Me tiraré en la cama abrazando la almohada como si fuera la chica de mi vida (me valdría cualquier chica o transexual que tuviera el pene más pequeño que yo). Y lloraré, lloraré como un homosexual lo que no supe defender como un hombre, alto, gritando, clamando al cielo para llamar la atención de mis padres y que se vean obligados a hacerme feliz comprándome la Play 4. Quizá piense en evocar a la muerte, pero no valgo ni para emo porque no tengo ningún estado suicida en Tuenti y sólo hay frases graciosas sacadas de Twitter. Y me río recordando alguna. Soy un incompetente hasta para estar deprimido, y eso me deprime más. Tal vez debería dedicarme a la comedia y meterme en algún partido político para insultar a otros en el Congreso, robar, escupir en los ciudadanos y acabar siendo un dictador que exterminará por completo a gente con barba, homosexuales, góticos, negros, albinos, gitanos, metaleros, chonis y todas esas razas inferiores que infectan este mundo. Y después volveré al abismo, a sentirme cansado, febril con ganas de volver a morirme. Antes redactaré una nota de suicidio, que escribiré en Office con una fuente Comic Sans 12 color rosa, en la que encerraré todo un torrente de decepción y fracaso acumulada durante desesperantes años bajo un único y ocurrente :__( Presenciaré mi funeral mientras  con cara desencajada voy gritándole a todos los niños “¡AYÚDAME!” por si alguno posee el sexto sentido. Veré a mis allegados llorando y me sentiré mejor conmigo mismo al verlos siendo tan desgraciados.
Pero aún sigo en la cama, llorando mientras beso la almohada y me lleno la lengua de pelusillas. El sueño me llevará a la resaca del día siguiente, en el que me levantaré a mear y a jugar a hundir los tropezones que he vomitado con el chorro mientras escribo el nombre de la chica a la que acoso. Iré a la cocina a preparar café… pero no, “no me lo merezco” diré mientras echo café soluble del Mercadona. Conectaré youtube para subir el último video de la vecina duchándose mientras ese asqueroso brebaje enfría. Después intentaré redactar los pensamientos de esta noche de insomnio, pero no seré capaz. Acabaré el café y tendré que seguir bebiendo, porque al igual que Ortega Cano no soy capaz a conducirme sobrio, y las palabras se acumulan en mi cabeza como la silicona en las tetas de mi profesora de matemáticas. Volveré a gritar desesperado, me golpearé la cabeza contra la mesa una y otra vez mientras me imagino que debería dejar de hacerlo porque no sé si están llamando a la puerta. Revisaré los últimos mensajes en mí móvil, todos enviados y ninguno recibido, a esa chica a la que hice que se cambiara de mi instituto a otro en apenas dos semanas. Entonces sonreiré al ver en las noticias que hay gente más desgraciada que yo, entonces me inundará una sensación humana de felicidad pensando en que soy muy superior a otras personas y me miraré al espejo pensando que soy un héroe, vacilaré a mi reflejo como si fuera un enemigo al que dejo en ridículo. Pero llegará la noche y volveré al abismo, a caer en la más profunda de las agonías pensando en la mayor tragedia que me descompone por dentro: ¿por qué tengo pelos en la espalda?

miércoles, 12 de junio de 2013

MUSA



No sé en qué momento empecé a depender de ti para escribir. Supongo que nunca había pensado en nada antes y desde hace tiempo comencé a hacerlo en ti, o contigo… o para ti. Te debo medio blog y las mejores entradas que he escrito en él.
Y llevo un mes reñido con las palabras, desencantado ante una pantalla en blanco que miro fijamente durante el suficiente tiempo como para parpadear y ver manchas de colores. Dicen que siempre hay algo recurrente en las palabras de un escritor. Una idea, un trauma, un sentimiento, una marca… Eres una marca y siempre estarás ahí. Escriba lo que escriba. Tarde el tiempo que tarde en volver a hacerlo. Que siempre habrá unas palabras dedicadas a ti, o pensadas por ti, escritas contigo o sacadas de tu recuerdo. Eres ese pedacito de cielo que se ve desde los abismos del Infierno por el que dan ganas de abrir las alas.
Feliz cumpleaños.
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Decían que en las negras noches de tormenta, el Diablo cabalgaba a lomos de nubes negras. Que cada trueno era su látigo azotando el cielo, que cada rayo era una herida en el horizonte, que cada gota de lluvia era una lágrima de un pecado sin perdonar.
Castigado por aquella tempestad, llegué más tarde de lo previsto a ese pueblo de nombre impronunciable. Mi carruaje quedaba atrás, abandonado a algunas horas de viaje a pie, con las ruedas hundidas en el barrizal de un camino que había hecho morir de fatiga a un caballo y desfallecer al otro.
En la calle había un silencio frío, como si en cada esquina pudiera estar la Muerte acechando con su guadaña. Lo cierto es que puede que la única figura fantasmagórica que había allí fuera yo.
Entré en la taberna en la que me iba a alojar. Interrumpiendo su rezo silencioso, levantaron su cabeza para fijarla en mí.
-¿Usted es el huésped?—preguntó el tabernero—.
-Así es—respondí tímidamente al sentirme un sacrílego—.
Se hizo el silencio, de nuevo. Era incómodo. Comencé a respirar lo más suave que pude, pero estaba demasiado resfriado a causa de la lluvia como para hacerlo silenciosamente. Me miraron con el rabillo del ojo, con una maldición muda.
-No les haga caso, venga aquí. Siéntese conmigo—dijo la voz rota de un viejo desde un rincón oscuro de la taberna—.
Respiré con alivio, la verdad. Y anduve con sonoros pasos de calzado empapado por aquel suelo de viejas tablas de madera que crujían mientras caminaba hacia aquel rincón.
-Borracho blasfemo…—murmuró una enlutada mujer de rostro arrugado—.
-¡A rezar a la iglesia, vieja! ¡Lo romperé en pedazos! ¡Juro que lo haré!—gritó el viejo mientras perdía el equilibrio al levantarse para volver a caer sobre el escaño—.
Y la gente huyó, incluido el tabernero, nerviosa ante tales voces aquella noche en la que parecía que el Demonio había conquistado el cielo. Iban a la iglesia, corriendo, sin echar la mirada atrás, apresurándose para llegar lo antes posible a refugiarse de sus miedos en paredes sagradas.
Me senté enfrente de aquel viejo loco. Su mirada gris de fría agua en lago erizado por el viento invernal se clavó en mis ojos. Decía que una vez había visto una mujer al pie de su cama en una noche de tormenta. Había sentido miedo hasta que un rayo le iluminó su precioso rostro. Contó que habían yacido entre tormentas, lluvias, rayos y relámpagos. Que su pelo era la noche más bella que había acariciado en la vida, que sus besos era beber el más dulce licor en el Santo Grial, que su piel era tocar la luna, que su mirada era húmeda y brillante como una charca encantada por el croar nocturno de las ranas. Dijo que antes de irse le dejó un obsequio.
Tenían razón, era un viejo loco y borracho. Pero juro que consiguió erizarme la piel con cada palabra, juro que cuando me enseñó el recuerdo que le había dejado me quedé sin respiración.
Era una caja de madera, con forma de corazón. Lloraba el viejo diciendo que llevaba años intentándola abrir, pero que no había conseguido hacerlo. Temía morirse sin poder abrir la caja. Nadie había querido ayudarlo, decían que era el regalo de una bruja, que nunca desvelara lo que había dentro, que nunca intentara romperlo, que era una maldición que caería sobre todos ellos.
Cogí con cuidado el corazón de madera. Evidentemente, no supe abrirlo. El viejo lloró y en un ataque de locura me puso un cuchillo en el cuello y me gritó que me mataría si ese corazón permanecía cerrado otra noche más. El pulso de la mano le temblaba y la hoja me había hecho un pequeño corte.
-¡Está bien, está bien!—grité llevado por el pánico—.
Le di vueltas al corazón sobre mi mano, intenté abrirlo de todas las formas posibles. ¿Y si en realidad no se podía abrir?
-¡Te mataré, esparciré tus tripas por el suelo y tus ojos se los echaré a los cuervos!—me amenazaba blandiendo el cuchillo—.
Creyendo que no saldría vivo esa noche de aquella taberna, me defendí y le golpeé en la cabeza con el corazón. El loco cayó al suelo con una herida en la cabeza, dejé caer la caja y eché a correr hacia la puerta, una puerta que el maldito tabernero había cerrado con llave por fuera. El viejo se levantó tambaleándose y avanzó cuchillo en mano hacia mí.
Cerré los ojos, me rendí a la idea de morir, imaginé el dolor del filo en mi cuerpo, mi último aliento. Pedí perdón por mis pecados sin confesar y cogí aire conteniéndolo en mis pulmones esperando lo inevitable.
Abrí los ojos al oír una música. El corazón se había abierto, puede que fuera el golpe contra el suelo o puede que lo que sucediera es que un corazón necesita sangre. No lo sé, pero el viejo se paró en seco y volvió la mirada hacia aquella caja de música sobre la que se alzaba el tallo de una rosa sosteniendo una luna llena que daba vueltas.
Nos pusimos de rodillas ante aquel misterio y nos dejamos hipnotizar por aquella melodía y el danzar de la rosa y la luna llena. Cesó la música de pronto y la luna llena se abrió.
Le prometí al viejo que nunca diría qué había dentro de aquella esfera, pero puedo contar que le llenó de felicidad. Fuera, la tormenta había parado y la silueta de una mujer esperaba tras la ventana. El viejo abrió la ventana, saltó por ella y desapareció con ella. Nunca más se le volvió a ver en aquel pueblo. Creí verlo una vez en Nueva Zelanda o… en Viena… no lo recuerdo.
El corazón lo tengo yo, y en las noches de tormenta oigo esa música que ahuyenta los demonios que hay en mi cabeza.

martes, 12 de marzo de 2013

PÉRDIDA Y RECUPERACIÓN DE UNA HIJA. DEDICADO A @MAGUÉNV



Siento el retraso del texto prometido por tu cumpleaños. Este post está basado en el relato de Cortázar "Pérdida y recuperación de un pelo" que se encuentra en su colección de Historias de cronopios y famas. Los personajes son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura casualidad. No intenten hacer esto en sus blogs.

A modo de protesta contra la monotonía que nos atormenta y nos entristece en casa hasta hacernos caer en el más horrendo tedio, a mi mujer y a mí se nos ha ocurrido una fantástica ocupación.
Consiste en escribir cartas a mano para toda la ciudad. Esta labor ya nos lleva a mi mujer y a mí varios meses. Sonreímos mientras buscamos los nombres y las direcciones de todos los habitantes de la ciudad para luego escribirles:

<<Buenos días, señor Alfredo Ruiz Menéndez; buenos días también a su mujer María Antonia García Martínez; buenos días a sus hijos Víctor Ruiz García, Ana Ruiz García y a Marta Ruiz García.
Les escribimos mi esposa y yo para decirles que esta noche dejaremos a una de nuestras numerosas hijas encadenada en el jardín de nuestra casa, la llave del candado está escondida debajo de una maceta con geranios que hay en una de las ventanas de la casa. Les agradeceríamos si pudieran secuestrar a nuestra hija con la intención de hacernos felices a mi mujer y a mí para ocupar nuestro tiempo libre en intentar rescatarla y así sacarnos de este hastío que nos invade.
Un afectuoso abrazo>>.

Entonces estamos atentos durante la noche para a ver si oímos a alguien coger la llave, desencadenar a nuestra hijita y secuestrarla para luego pedir un rescate. Cuando esto sucede, mi mujer y yo nos miramos con mucha alegría y hacemos el amor con la intención de tener otra hija, para sustituirla en caso de que nunca llegásemos a recuperar a la que se nos han llevado.
Hay que esperar 24 horas para poder darla por perdida. A veces, nuestra hija aparece al cabo de 18 horas porque ha podido escapar de sus raptores y nos ponemos todos tristísimos en casa porque ni siquiera hemos podido iniciar la ansiada búsqueda que nos sacaría de esta cruel monotonía. “¡Castigada sin aullar a la luna!”, le digo. Y nuestra hija llora porque no puede aullar a la luna esa noche.
Puede ser que hayan pasado ya las 24 horas y en casa estemos todos pegados al teléfono aguardando con incontenible emoción una llamada telefónica pidiendo un rescate. A veces, nos dicen “Traigan 1.000 pesos y vayan al aparcamiento subterráneo de la calle Serrano”. Entonces vamos con la plata y con la esperanza de que nos hayan engañado y tengamos que proseguir con la búsqueda de nuestra amada hija. Desafortunadamente, todavía no nos han mentido e iniciamos el cambio de la plata por nuestra hija. Abrazamos a los secuestradores y les damos mil gracias por hacernos pasarlo tan bien durante días.
A veces nos dicen “Traigan 30.000 pesos” y entonces saltamos de alegría porque no tenemos tanta plata. Así que vamos toda la familia al banco a pedir un crédito para rescatar a nuestra hija. A veces nos dan el crédito y recuperamos a nuestra hija. Puede ser que el banco no nos dé el crédito y tengamos que poner en venta el coche o la casa. Entonces vivimos con algún vecino de gran corazón que nos ofrece vivir en su hogar. Una vez lloramos porque los vecinos que nos habían ofrecido su casa eran los secuestradores de una de nuestras hijitas y lloramos mientras los secuestradores nos intentaban animar. Cuando el banco no nos da ningún crédito y no tenemos nada que vender, entonces vamos a esperar a la salida de un colegio y secuestramos a algún niño diciéndole a ver si quiere comer caramelos en nuestra casa y pedimos la misma plata por él que el que nos han pedido por nuestra hija. A veces, estos padres no tienen tanto dinero y secuestran a otro niño. Una vez fueron raptados todos los niños de la ciudad en una semana.
Puede darse que no podamos conseguir la plata y encontremos muerta a una de nuestras queridas hijitas flotando en el río. Entonces somos muy felices en casa porque tenemos que enviar cartas a todos nuestros conocidos diciendo que se ha muerto una de nuestras hijas y hay que organizar el funeral, escoger lápidas y escribir epitafios. Intentamos contradecirnos entre todos para que esto lleve el máximo tiempo posible. Puede que en realidad no esté muerta y se levante de su ataúd en mitad de una ceremonia y tengamos que cancelar todo el entierro. Entonces lloramos y la gente nos intenta animar. “¡Castigada sin aullar a luna!” le decimos a nuestra hija mientras juega con los demás niños vivos, y ella se pone triste.
También es posible que pasen 20 años antes de recuperar a una de nuestras hijas, pero como la vemos tan cambiada y no podemos saber si en realidad es ella, no nos la llevamos a casa y volvemos a enviar cartas y a dejar a una de nuestras hijas encadenada en el jardín.
A veces nos contestan a las cartas insultándonos, pero nuestras hijas prefieren aullar a la luna o ser secuestradas que ir al colegio a aprender raíces cuadradas.

viernes, 1 de febrero de 2013

PARA DESIREÉ (@des_hoyquiero)


Te dedico cada latido de este acelerado corazón mientras te escribo, cada eco que produce en mi interior, cada gota de sangre que le hace palpitar a ritmo de “The Beautiful People”, todas las palpitaciones que me mantienen con vida al pensar en ti en este momento, aunque nunca te lleguen. Suspiro… Te dedico este lento y largo suspiro que nace en la más absoluta e  íntima oscuridad de mi ser para morir en el frío de la noche. Tampoco nunca te llegará. Y una sonrisa que no trato de evitar en un solitario paseo de huída hacia ninguna parte, una sonrisa que no se diluye con la tristeza de la lluvia a pesar de que la gente me tome por loco. También te la dedico…  tampoco te llegará. Te dedico estas horas de insomnio, de vueltas en la cama, de pensamientos secretos, de sábanas descompuestas y de contorsiones en una almohada que me susurra sobre ti. Pero no te llegarán.
Te dedico estas palabras bañadas en cariño que palpitan, suspiran, sonríen y que despiertan al ser leídas por ti…. Es lo único que puedo hacerte llegar.